Rudy, o como criar a un cachorro y no morir de un ataque de nervios

Ya había escuchado varios comentarios acerca del nuevo chico del barrio, Rudy, un cachorrillo de Beagle con el que no había tenido el placer de coincidir. Un día, cuando regresaba a casa en compañía de una vecina que le conocía, nos encontramos con él, acompañado de su humana. Era un pequeño terremoto de orejas largas. No pude evitar cogerlo en brazos y disfrutar de que mordisquease el cuello de mi cazadora. Su humana le riñó con el típico gesto de señalarle con el dedo indice, mientras le decía que no debía morder. Inmediatamente, el briboncillo comenzó a aullar replicando a la reprimenda. En ese momento me di cuenta de que Rudy era muy parecido a Lola a su edad, inteligente, dominante y rebelde. Le dije a su humana que estaba segura de que su pequeñín sería protagonista de muchas historias.

RudyBaja
Rudy, castigado por haberse escapado y no volver cuando le han llamado.

Lola era un encanto para todos los que la conocían, pero para mí, encargada de su cuidado y educación, era un torbellino imposible de controlar. No soy una experta en comportamiento canino, pero el carácter de Lola me hizo ocuparme mucho de su disciplina durante sus primeros años, y hoy me siento orgullosa de los resultados. A los seis meses comenzó a abandonar el habito de hacer “sus cosas” en casa, gracias al refuerzo positivo de los premios y fue a partir del año y medio que  comenzó a atender a las pautas de educación que le impuse.

Hoy Lola no es, ni mucho menos, una perra modelo, pero es muy parecida a lo que quise que fuera cuando descubrí la fuerte personalidad que tenía siendo aún una bebida de tres meses.

Desde aquel primer encuentro con “el nuevo” del barrio han pasado unos seis meses y, actualmente, Rudy es un pequeño gamberro. Juega con todos los perros, sea cual sea su tamaño o edad. Roba cualquier pelota disponible y disfruta viendo como todos los perros corren tras de él intentando, sin éxito, quitarle ese tesoro. Aunque ya sabe como se llama, está claro que no le apetece destacar por obediencia. La mayoría de las veces, sus humanos optan por no soltarle, porque Rudy acostumbra a echar a correr con cualquier excusa y atraparlo luego es toda una odisea.

Su humana está al borde de un ataque de nervios. Me recuerda mucho a mí cuando Lola tenia unos ocho meses. Es por ello que decidí contarle algunas de las pautas que apliqué con Lola y que considero que fueron determinantes para nuestra actual convivencia.

1. El paseo es mucho más que un paseo. El paseo es una oportunidad ideal para crear lazos con tu perro y enseñarle disciplina y obediencia. Lola y yo teníamos que hacer un recorrido considerable antes de llegar a la zona del parque donde podía soltarla. Me agobiaba la manera desordenada y tirante con la que me llevaba. Observé que mientras más larga fuera la longitud de la correa, menor sería el dominio que ejercía sobre ella. Le hice un nudo a la correa de cordón que llevaba en aquel tiempo, a la distancia en la que me sentía en control de la situación y, al caminar por las calles transitadas, no dejaba que se separara de mí más de lo que el nudo indicaba. Con un ligero tirón de la correa la atraía hacia mi cuerpo cuando comenzaba a tirar, pero eso no era suficiente.

2. Enséñale a sentarse. Para un cachorro, permanecer sentado es una agonía, porque su joven cuerpo solo piensa en correr y jugar. Es por esto que aprender a sentarse es fundamental. Cuando iba con Lola de camino al parque, mi misión era que ella entendiese que no debía tirar. Cada vez que lo hacía, me detenía y la obligaba a sentarse mientras daba un fuerte golpe en el suelo con el pie. No importaba cuantas veces fuese necesario hacerlo durante el trayecto. La constancia es imprescindible. La fórmula era: tirón de ella = frenada+golpe en el suelo+indicación de sentarse. En cuanto se sentaba, esperaba unos segundos a que se relajase y luego echábamos a andar de nuevo.

Así, una, y otra, y otra vez, hasta llegar al parque. Me daba igual cuanto durase ese recorrido, tenía claro que, en nuestro caso, el viaje era más importante que el destino. Así un día, y otro, y otro más, hasta que ir de tiendas con ella ya no era un suplicio. Hoy, cada vez que me detengo y tenso la correa, se sienta. Cada vez que doy un golpe en el suelo con el pie, se sienta. Cada vez que le digo “sentada”, se sienta. He diseñado una correa con tres puntos de sujeción para poder permitirle diferentes distancias según sea el control que necesite ejercer sobre ella en un momento dado. No me gustan las correas extensibles. Prefiero las clásicas, más si son como la que le he confeccionado a Lola, que me permite acercarla a mi cuerpo de una manera cómoda y segura.

3. Galletas o chuches, esos grandes aliados. Siempre llevaba galletas en el bolsillo, en todos los bolsillos, todo el tiempo. Así le enseñé a hacer sus cosas en el parque. Un pis, una galleta. Una caca, una galleta. Tan lista es Lola que no había terminado de soltar la ultima gota cuando ya se estaba dando la vuelta para pedirme su premio.

Con galletas también le enseñé que ponerle la correa era algo placentero. No me veía persiguiendo a la perrilla para tratar de atarla, mientras que ella corría pensando que era un juego, como hacían otros cachorros. Cada ver que le ponía la correa le daba una galleta. Cuando sentarse se convirtió un gesto casi automático, le decía “sentada”, cuando lo hacía le enganchaba la correa y enseguida la premiaba. Siete años después es un gesto rutinario.

4. Gestos que te facilitan la vida. Por aquel tiempo, tenía un empleo intenso y estresante. Y los nervios suelen atacarme las lumbares, por lo que corría el riesgo de que un tirón me impidiese inclinarme para atar a Lola. Así que, con premios, le enseñe a subirse a los bancos para atarla. Nos acercábamos al banco, le decía “sube”, le premiaba, le ponía la correa, le premiaba de nuevo. Finalmente , le decía “vamos” y emprendíamos el camino a casa.

5. No abraces a las farolas. No entendía porque la mayoría de las personas que paseaban a su perro atado, se pasaban el tiempo abrazando farolas y árboles cada vez que su perro los rodeaba y no regresaba sobre sus pasos. Cuando Lola y yo nos acercábamos a una farola y ella decidía ir por el lado contrario al que yo iba, me detenía y le indicaba que volviese por el mismo sitio donde había ido. Si tu perro aprende esto, también lo hará cuando se meta debajo de una mesa o detrás de un banco, por ejemplo.

Sí, era más rápido abrazar la farola para recuperar la correa y seguir andando, pero esto significa que te vas a pasar la vida demostrando tu amor a todo elemento vertical que te encuentres por el camino, y eso si tus brazos consiguen rodearlo. Es mejor invertir tiempo en enseñar a tu peludo que quejarse durante años.

6. Asegúrate de que vuelve a ti. Creo que la queja más común que tenemos cuando criamos a un cachorro es que, cuando les soltamos, no vuelven. Yo también viví la experiencia de correr detrás de Lola mientras ella perseguía los calcetines de un “runner” decidido a no detenerse aunque yo me dejara la vida en la carrera. El asunto es que si no lo sueltas nunca, tampoco le estás permitiendo aprender a volver en cuanto le llamas. Después de muchas escapadas, comprendí que es importante observar las señales que da tu perro. Determina cuáles son las cosas que atrapan su atención: aves, pelotas, bicicletas, gente corriendo, otros perros… Anticípate. Cuando veas alguno de estos elementos peligrosos en tu camino, toma medidas de prevención. Yo, aún ahora, cuando veo a alguien que va con una bolsa (Lola cree que todas las bolsas contienen algo de comer) comienzo a advertirle “Lola, no”, “Lola, conmigo”, “Lola, ven”. La mayoría de las veces logro disuadirla de acercarse a su objetivo.

Ve con tu perro a una zona acotada, déjale suelto y juega con él a volver a ti. No te rindas, sé constante. Y, cada vez que lo haga, prémiale con una galleta y un mimo. Haz que sea un ejercicio divertido y placentero para él.

7. Ahora me ves, ahora no me ves. Cuando Lola ya había aprendido a obedecer a mi llamada, tenía momentos de despiste. Se alejaba mucho y se distraía, o me ignoraba. Sospeché que ella no estaba pendiente de mí en el parque porque confiaba con que yo siempre estaba al tanto de sus movimientos. Pero podría pasar que fuese yo quien se distrajese, y en ese momento es importante que sea tu perro quien esté atento a tu ubicación. Por esto, comencé a esconderme. En una esquina, detrás de un árbol, en cualquier lugar desde donde pudiese verla sin que ella me viese a mi. Con paciencia la espiaba, la veía oliendo algo totalmente ajena a todo lo demás. De repente, levantaba la mirada y se veía sola… Me buscaba pero no se movía de su sitio. Notaba su nerviosismo, esperaba unos segundos y la llamaba. Me buscaba con la vista, sin moverse demasiado y yo salía de mi escondite. Venía corriendo hacia mí y yo celebraba el reencuentro con halagos y premios. Hoy en día, no me preocupa que se aleje, porque sé que volverá enseguida, por su propia iniciativa o como respuesta a mi llamada.

Para terminar, controla tus nervios. Es difícil, lo sé. Piensas que no puedes con él, que nunca aprenderá, que será un rebelde sin causa toda su vida y que nunca dejarás de perseguirle por el parque. Te aseguro que, si eres constante y firme, llegará el día en que tus paseos con tu perro serán un verdadero placer. Cada vez que la líe, respira y piensa en él como en un niño al que debes educar con serenidad. Repite tus pautas, una y otra vez, verás los resultados. Intenta acompañar tus indicaciones verbales con firmeza y tranquilidad. Si le acostumbras a que te obedezca solo cuando gritas, tendrás que gritarle toda su vida.

Como con los hijos, nunca dejarás de educar a tu perro, pero cada día que pases en su compañía le amarás más y él nunca dejará de enseñarte cosas maravillosas que solo los animales pueden compartir con nosotros. Después de todo, tenemos el deber de enseñarles como vivir en nuestro ambiente, porque hemos sido nosotros los que los hemos arrancado de su entorno natural.

Cuéntanos tus experiencias con tu cachorro, seguro que a muchos principiantes les serán de utilidad. Nos encantará leer vuestras anécdotas más perrunas.

5 comentarios en “Rudy, o como criar a un cachorro y no morir de un ataque de nervios

  1. Me ha parecido excelente la columna, es más, al igual que tú, criar a Tintin de cachorro fue una odisea, ahora con 1,5 años es un cachorro un poco más maduro, pero cachorro al fin y al cabo.
    Hice lo mismo que tú para enseñarle que no debía hacer sus necesidades dónde quisiera y a punta de repetición lo logramos. Ahora rasca el ventanal para salir y aguanta hasta que llegamos.
    Respecto a los paseos, tengo la suerte de vivir cerca de una laguna con mucho bosque, pero también con muchos deportistas, corredores, caminadores y pedaleros. Con la Milou nunca tuve problemas con la gente, pero Tintin cree que todo el mundo quiere saludarlo y jugar. Ahora ya obedece a la orden de “alto” y “acá tintin” pero de vez en cuando ve una bicicleta y sus ojos se le desorbitan desesperados por correr ladrando a su lado.
    También me escondo detrás de un árbol cuando se alejan mucho, pero ya saben volver y buscarme; es más, he calculado que no se alejan más de 20 metros de mi.
    Lo que aún no he logrado es reducirles la ansiedad cuando ven sus arneses y la desesperación por salir de paseo, tanto así que la Milou muerde la correa de Tintin y no la suelta hasta que la pongo en posición horizontal y se tranquiliza.
    Mis pequeños son eternos cachorros, con sus límites bien establecidos, pero no hay que olvidar que ellos son más felices cuando saben claramente que pueden y no deben hacer. Al igual que un niño, hay que tenerles reglas.
    Con mucho cariño,
    Pablo, papá de “la parejita”

    Le gusta a 1 persona

    1. Da gusto cuando, pasado un tiempo, repasamos nuestros trucos educativos y nos damos cuenta de que han funcionado. La ansiedad a la hora de ponerle a Lola la correa para salir la enfrente de la misma manera de la que se producía cuando me recibía al llegar a casa, con indiferencia. Cuando cogía el collar para ponérselo y comenzaba a agitarse, le daba la espalda y no me movía, cuando se calmaba, lo intentaba de nuevo, si volvía a agitarse, repetía la acción hasta que, finalmente, se calmaba lo suficiente para que se mereciese ponerle la correa. Muchas gracias por tu comentario, Pablo, tu ”parejita” es encantadora.

      Le gusta a 1 persona

      1. Muchas gracias a ti por permitirme participar. Sé que debo hacer como dices, me he dado cuenta que estoy fallando en ese punto; pero seguiré intentándolo hasta que para todos sea normal ponerse el arnés y disfrutar del paseo desde el principio.

        Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s